No somos nadie más que corazones agrietados buscando un camino para continuar y dejar huella. Sólo somos nieve derritiéndose o chocolate espeso. Sólo somos nosotros mismos pidiendo ayuda sin recibir nada a cambio.
Pero llega un día, en el cual te levantas. Piensas que todo irá igual que en los últimos días. Crees que nunca cambiará nada. Pero entonces, algo se activa. Llega ese momento en el cuál dejas de vivir para los demás y empiezas a vivir para ti.
Porque nadie merece ser tratado como una mierda. Nadie merece que le pisoteen y le arruinan a golpes de palabras el día. Porque un buen corazón se mantiene fuerte. Porque los huesos de cristal hay que protegerlos a muerte.
Y ahí es cuando te das cuenta de que ha dejado de llover, de que el sol quiere salir, y que el nublado no durará toda la vida. Te das cuenta de que vales más que muchos, y de que tú nunca tratarías a alguien así. Te das cuenta de los errores, de los recuerdos, de los corazones heridos.
Te das cuenta del tiempo. De la vida. Del mundo.
Empiezas a extrañar el simple sonido del reloj, extrañas todo y más. Echas de menos los buenos días, las buenas noches, los te quiero. Echas de menos una caricia, un olor, una sonrisa. Echas de menos su mirada, su sabor, su forma de ser.
Pero echar de menos no es malo. Echar de menos sirve para saber lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos.
Porque te quiero. Porque me quiero. Porque ya no tengo miedo.
Porque ya no depende de mí, ya no depende de ir, de volver o de dejarse llevar.
Sólo depende de quienes somos.